Imagen de un grupo de jovenes en fila por una carretera

La larga marcha de Stephen King: el horror sin monstruos de Richard Bachman




Biblioteca Digital
Stephen King
Richard Bachman
Terror Psicológico

He leído mucho horror. Lovecraft me enseñó el miedo a lo que no comprendemos, Poe el miedo a lo que llevamos dentro, y King ha hecho de todo: payasos en alcantarillas, hoteles poseídos, coches asesinos. Pero ninguna de esas historias me ha dejado el poso que me dejó La larga marcha. Y lo perturbador es que en este libro no hay nada sobrenatural. Ni un monstruo. Ni una maldición. Solo chicos caminando. Y aun así es de lo más traumático que he leído en mi vida.

Lo digo sin exagerar: el argumento ya es traumático de por sí, pero el final me dejó tocado durante días. Sé que los finales felices no son lo habitual en King, vengo curado de espanto, pero este final es de otra categoría. Es de los pocos libros donde cierras la última página y necesitas un momento para volver al mundo. De eso va este artículo.

Si te interesa el lado más oscuro y desesperanzado de King, ya hablé del alter ego bajo el que publicó esta novela en el artículo de Desperation y Los Reguladores. Aquí toca su Bachman más temprano y, quizá, más cruel.

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Una idea tan simple como demoledora

La larga marcha tiene una historia curiosa: es de lo primero que King escribió, allá por 1966-67, siendo casi un crío en la universidad, aunque no se publicó hasta 1979 firmada por Richard Bachman. Que un texto tan maduro y tan despiadado saliera de un autor tan joven sigue dejándome perplejo.

La premisa es de una sencillez aterradora. En unos Estados Unidos distópicos y autoritarios, cien chicos adolescentes se presentan voluntarios a un evento anual: la Marcha. La norma es única y absoluta. Hay que caminar manteniendo un mínimo de unos seis kilómetros por hora. Si bajas del ritmo, recibes un aviso. Al tercer aviso, te disparan. No hay descansos, no hay líneas de meta, no hay tregua. Se camina hasta que solo queda uno vivo. Ese gana «el Premio»: lo que desee, para el resto de su vida.

Seguimos a Ray Garraty, el número 47, «el chico de Maine», y al grupo que se forma a su alrededor: el cínico y entrañable McVries, marcado por una cicatriz; el enigmático Stebbins, que camina aislado del resto; el odioso Barkovitch, que sobrevive a base de hacerse odiar. Por encima de todos, vigilando, el Mayor: una figura casi sin rostro que encarna al Estado.

El horror del cuerpo que falla

Aquí está la genialidad diabólica de King. No te mata a los personajes con sustos ni con vísceras. Los mata por agotamiento. Calambres, ampollas, los pies convertidos en carne viva, la mente que empieza a romperse por la falta de sueño. El cuerpo que, simplemente, deja de responder.

Y eso es lo que lo hace universal. No necesitas creer en lo sobrenatural para que te aterre, solo necesitas tener un cuerpo que algún día te va a fallar. Cualquiera que haya empujado sus piernas hasta el límite entiende ese miedo en las tripas. King convierte algo tan cotidiano como caminar en una condena, y al hacerlo coloca la muerte donde más incomoda: no en un castillo de Transilvania, sino en una carretera comarcal cualquiera, bajo la lluvia.

No hay vampiro que dé más miedo que la certeza de que tu propio cuerpo es la cuenta atrás. La larga marcha es, en el fondo, una novela sobre saberse mortal.

La crueldad de la intimidad

El segundo golpe maestro es cómo King te hace querer a estos chavales. Conversan, bromean, se cuentan sus vidas, sus miedos, las chicas que dejaron en casa. Se forjan amistades reales en mitad del horror. Y entonces, sin previo aviso ni dramatismo, uno de ellos se queda atrás, suena el disparo, y a seguir caminando. Sin lógica. Sin justicia. Sin tiempo para el duelo.

Esa arbitrariedad es lo que te desgasta como lector, porque imita la arbitrariedad de la muerte real. No mueren los malos ni se salvan los buenos. Mueren porque les tocó, porque el cuerpo dijo basta. Y la novela no te permite apartar la mirada ni descansar, igual que los personajes no pueden parar a caminar.

Lo más perturbador no es ni siquiera el Mayor. Es la multitud. La gente se agolpa en las cunetas a vitorear, monta pícnics, pide autógrafos, anima a sus favoritos como en una final deportiva. El espectáculo del sufrimiento ajeno convertido en entretenimiento nacional. Si has leído mi artículo sobre las banderas rojas culturales, reconocerás el patrón: aquí está llevado a su extremo más sádico, y escrito hace medio siglo.

El final que me dejó tocado (zona de spoilers)

Voy a respetar a quien no lo haya leído. El cuerpo del artículo termina aquí sin destripar nada. Pero como el final es el verdadero corazón de mi trauma con este libro, lo dejo en un desplegable para quien ya lo conozca o no le importe saberlo. Tú decides si abres la puerta.

⚠️ ABRIR SOLO SI HAS LEÍDO EL LIBRO — El final, sin filtros

Garraty gana. Y esa es la peor parte. No hay alivio, no hay catarsis, no hay recompensa. Cuando por fin es el último que queda en pie, su mente ya se ha desintegrado por completo. No registra que ha ganado. No siente alegría ni triunfo. Solo ve una figura oscura más adelante, en la carretera, que parece llamarlo, y echa a andar hacia ella. Sigue caminando. Porque ya no sabe hacer otra cosa.

Eso es lo que me destrozó. King te hace cruzar el infierno entero con la promesa implícita de que sobrevivir significará algo, y al llegar al final te revela que ganar es la condena definitiva. El premio es haber perdido el alma por el camino. La victoria y la muerte se vuelven indistinguibles. Es uno de los finales más nihilistas y desesperanzados que he leído nunca, y precisamente por su contención, por no ser explícito, se te queda dentro como una astilla.

Algo más que una historia de terror

Hay quien lee la novela como una alegoría de Vietnam, y tiene todo el sentido. King la escribió justo en esa época: jóvenes obligados a marchar hacia una muerte sin sentido por orden de un Estado autoritario, mientras la población los anima desde la comodidad de su casa. La crítica al reclutamiento, al espectáculo de la guerra y a la maquinaria que devora a sus propios hijos está ahí, sin subrayados pero inconfundible.

También se ha leído como una de las primeras grandes distopías del «juego de la muerte televisado», un molde que décadas después harían enormemente popular obras como Los Juegos del Hambre o Battle Royale. King llegó antes, y lo hizo más íntimo y más cruel, porque aquí no hay arcos ni arenas espectaculares: solo una carretera, unas zapatillas gastadas y la cuenta atrás de la propia resistencia.

Veredicto personal

No es una lectura agradable y no pretende serlo. Es un libro que duele, que agota, que te deja vacío. Pero es exactamente por eso por lo que lo considero una obra maestra del terror humano: porque consigue aterrarte sin un solo elemento fantástico, solo con un cuerpo, una carretera y la certeza de la muerte. Es King en su versión más despojada y más honesta sobre nuestra mortalidad.

⭐⭐⭐⭐⭐  (5 / 5)

Imprescindible. Eso sí: no la leas buscando consuelo. La larga marcha no perdona.

Para saber más: la película de 2025

Tras décadas de intentos fallidos, la novela llegó por fin al cine en septiembre de 2025, en una adaptación dirigida por Francis Lawrence (responsable de buena parte de la saga Los Juegos del Hambre), con Cooper Hoffman y David Jonsson en los papeles principales y Mark Hamill como el Mayor. Una buena puerta de entrada si quieres ver la historia antes de atreverte con el libro, aunque, como casi siempre, el papel golpea más fuerte.

La larga marcha es ficción, pero toca de cerca temas duros como la desesperanza y la muerte. Si su lectura te remueve más de la cuenta, no pasa nada por dejarla a un lado. Y si esos pensamientos te acompañan fuera de la ficción, hablarlo con alguien de confianza o con un profesional siempre es un buen paso.

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