Imagen de la silueta de una ciudad ocura y un hombre de espaldas

El Juego del Ángel de Zafón: el lado oscuro del Cementerio de los Libros Olvidados




Biblioteca Digital
Carlos Ruiz Zafón
Cementerio de los Libros Olvidados
Reseña Honesta

Tengo que empezar este artículo con una confesión incómoda, porque no sería honesto si no lo hiciera: El Juego del Ángel me decepcionó. No porque sea un mal libro —no lo es, ni de lejos—, sino porque venía de leer La Sombra del Viento con las expectativas por las nubes, y el segundo paso por el Cementerio de los Libros Olvidados no estuvo a la altura de lo que mi cabeza había construido.

Y eso, en parte, es culpa mía. Cuando un libro te marca como me marcó La Sombra del Viento, hasta el punto de meterlo en mi top 3 personal junto a Umberto Eco y Torcuato Luca de Tena, lo que venga después juega con la baraja trucada. Cualquier secuela arrastra el peso de una primera impresión que rozó lo perfecto. Pero también es justo decir que El Juego del Ángel tiene problemas propios, y de eso va este artículo: de analizarlo con cariño pero sin venderte humo.

Si esperas una reseña entusiasta y rendida, esta no es. Lo que vas a encontrar aquí es la opinión de alguien que adora a Zafón, que respeta enormemente lo que construyó con la saga del Cementerio, y que aun así salió de este libro con una sensación agridulce. Vamos a ver por qué.

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«Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia.»

— Carlos Ruiz Zafón, El Juego del Ángel

Una precuela que cambia las reglas

Publicado en 2008, siete años después de La Sombra del Viento, El Juego del Ángel es la segunda entrega de la tetralogía del Cementerio de los Libros Olvidados, aunque cronológicamente funciona como precuela. La acción nos lleva a la Barcelona de las primeras décadas del siglo XX, una ciudad modernista, febril y todavía más gótica si cabe que la de los años 40 que conocíamos.

Aquí está el primer acierto del libro, y conviene reconocerlo: el ambiente es magnífico. Zafón vuelve a demostrar que pocos autores saben construir Barcelona como un personaje vivo, con su niebla, sus callejones, sus librerías polvorientas y esa sensación constante de que la ciudad esconde secretos en cada esquina. Si por algo merece la pena leer este libro, es por su atmósfera.

El protagonista es David Martín, un joven escritor de origen humilde que se gana la vida publicando novelas de folletín bajo seudónimo, encadenado a un contrato editorial leonino. Vive en una caserón en ruinas, la Torre del Ángel, y su existencia da un vuelco cuando recibe la propuesta de un misterioso editor: Andreas Corelli.

Conviene situar el contexto histórico, porque Zafón lo aprovecha a fondo. La Barcelona de principios del siglo XX era una ciudad en plena fiebre constructora, con el modernismo en su apogeo, las tensiones sociales a flor de piel y una burguesía que levantaba palacetes mientras los barrios obreros se hacinaban. Esa Barcelona de contrastes brutales —lujo y miseria, belleza y podredumbre, conviviendo a pocas calles de distancia— es el escenario perfecto para una historia gótica. Zafón no elige esa época por capricho: la ciudad funciona como espejo del propio David Martín, dividido entre la ambición de gloria literaria y el abismo personal que lo arrastra.

Y como en toda la saga, Barcelona no es un decorado: es un personaje. La niebla del puerto, los tranvías, las librerías de viejo, los cementerios, las casas señoriales con sus secretos enterrados. Si algo no se le puede negar a este libro es que te transporta. Cierras los ojos y estás allí, caminando por unas Ramblas que huelen a humedad y a tinta.

David Martín: el reverso de Daniel Sempere

Si Daniel Sempere era la mirada inocente y luminosa de La Sombra del Viento, David Martín es su sombra. Un narrador atormentado, enfermo, paranoico, marcado por una infancia miserable y una obsesión amorosa que lo consume. Sobre el papel es un protagonista mucho más complejo y oscuro, y ahí Zafón apostó fuerte.

El problema —y aquí empieza mi decepción— es que David Martín es también un narrador poco fiable hasta el punto de la frustración. La novela está contada en primera persona por alguien cuya percepción de la realidad se va desmoronando, y eso, que debería ser un recurso brillante, acaba generando una distancia emocional que en La Sombra del Viento nunca sentí. Me costó conectar con él. Lo admiraba como construcción literaria, pero no lo quería como quise a Daniel o a Fermín.

Y ese es exactamente el problema: un libro puede ser técnicamente más ambicioso que su predecesor y, aun así, tocarte menos el corazón.

Andreas Corelli: lo mejor del libro

Si tengo que quedarme con algo de El Juego del Ángel, sin dudarlo es Andreas Corelli. El editor de Éditions de la Lumière es, probablemente, el personaje más inquietante de toda la saga del Cementerio. Un hombre vestido siempre de negro, con un broche en forma de ángel en la solapa, que aparece y desaparece como si las leyes del mundo no le afectaran.

Corelli encarna el corazón temático de la novela: el pacto fáustico. Le propone a David Martín una fortuna a cambio de escribir un libro muy concreto, un texto destinado a fundar algo parecido a una religión. Y aquí Zafón juega con una de las ideas más potentes de toda su obra: la del escritor como creador de mundos, la palabra como poder casi divino, y el precio que se paga por jugar a ser dios sobre el papel.

El eco de Goethe, de Marlowe, del Mefistófeles eterno, recorre toda la trama. Y es ahí, en esa dimensión simbólica, donde el libro brilla de verdad. Cuando Corelli está en escena, la novela se electriza.

Lo que hace especial a Corelli frente a otros villanos es que nunca amenaza directamente. No necesita hacerlo. Su poder reside en la insinuación, en la sonrisa que no termina de tranquilizar, en la sensación de que sabe cosas que tú ignoras. Zafón construye al personaje con una contención admirable: cuanto menos explica de él, más inquietante resulta. Es el villano que entiende que el verdadero miedo no nace de lo que se muestra, sino de lo que se intuye.

El escritor que juega a ser dios

Hay una idea en este libro que me parece de las más potentes que escribió Zafón en toda su carrera, y merece detenerse en ella. El encargo de Corelli no es escribir una novela cualquiera: es crear un texto fundacional, capaz de mover la fe de las personas, de inventar una religión desde cero. Es decir, Corelli le pide a David Martín que haga con palabras lo que las palabras llevan haciendo desde el principio de los tiempos: construir mundos en los que la gente cree.

Ahí Zafón roza algo profundo sobre la naturaleza misma de la literatura. ¿Qué es un escritor sino alguien que crea realidades a partir de la nada y consigue que otros las habiten? El paralelismo con el acto divino de la creación es evidente, y el pacto fáustico que articula la trama no es más que la versión oscura de esa pregunta: ¿cuál es el precio de tener ese poder? ¿Qué se entrega a cambio de la capacidad de hacer creer?

Toda historia es un acto de fe, y todo escritor, un pequeño demiurgo que pacta en silencio con sus lectores. El Juego del Ángel lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias.

Por eso me duele tanto que el libro no acabe de cumplir su propia promesa. Las ideas están a una altura altísima. La ejecución, en cambio, se enreda. Es como ver a alguien con un talento descomunal quedarse a medio camino de su mejor obra: lo frustrante no es que sea malo, es que se intuye lo grande que podría haber sido.

El problema de la ambigüedad (sin spoilers)

Aquí llega el núcleo de mi decepción, y voy a explicarlo sin reventar nada. El Juego del Ángel juega deliberadamente con la duda: ¿lo que ocurre es sobrenatural o es producto de la mente enferma del protagonista? Zafón nunca resuelve esa pregunta del todo, y lo hace a propósito.

A mucha gente le encanta esa ambigüedad. A mí, sinceramente, me dejó insatisfecho. No porque no entienda la intención —es un recurso legítimo, casi lovecraftiano en su negativa a explicar lo inexplicable—, sino porque el libro acumula tantas preguntas, tantos hilos, tantos misterios, que cuando llega el final esperaba que algo de todo aquello encajara con la solidez con la que encajaban las piezas en La Sombra del Viento. Y no encaja. Se queda flotando.

Es la diferencia entre una ambigüedad que te deja pensando y una que te deja con la sensación de que el autor tampoco tenía del todo claro adónde iba. Y ojo: puede que sea injusto con Zafón, porque parte de las respuestas se completan al leer los otros libros de la saga. Pero como experiencia individual, cerrar este libro me dejó más frustrado que maravillado.

¿Por qué baja el nivel?

Después de darle vueltas, creo que mi decepción se explica por cuatro motivos concretos. Y quiero dejarlos por escrito porque me parece más útil entender por qué un libro no te llega que limitarse a decir que no te gustó:

1. El peso de unas expectativas imposibles

Esto es lo más justo que puedo decir: La Sombra del Viento es de esos libros que se leen una vez en la vida. Cualquier cosa que viniera después partía en desventaja. Si hubiera leído El Juego del Ángel primero, quizá mi valoración sería distinta.

2. Un protagonista difícil de querer

David Martín es fascinante de analizar pero frío de acompañar. Le faltó el calor humano que desprendían Daniel y, sobre todo, Fermín. Sin un personaje al que abrazar, la novela pierde el ancla emocional que hizo inolvidable a la primera.

3. El final que no cierra

La ambigüedad calculada funciona si confías en que el autor controla el rompecabezas. Aquí, al menos para mí, esa confianza se tambaleó. Demasiadas piezas quedan sueltas, y la sensación final es de incompletitud más que de misterio elegante.

4. Un ritmo que se desinfla en el tramo final

La primera mitad engancha: el contrato, la aparición de Corelli, el misterio que se va tejiendo. Pero en la recta final el libro se acelera y se enreda a partes iguales, acumulando giros con una prisa que choca con el ritmo pausado y elegante del arranque. Esa irregularidad de tempo me sacó varias veces de la historia.

En su defensa: lo que sí funciona

Sería injusto quedarme solo en lo negativo, porque El Juego del Ángel tiene mucho de admirable. La prosa de Zafón sigue siendo embriagadora, llena de metáforas hermosas y de esa melancolía marca de la casa. La Barcelona modernista está retratada con un detalle apabullante. Y la reaparición del Cementerio de los Libros Olvidados, con su escena de iniciación, vuelve a ponerme la piel de gallina como en la primera novela.

Es, además, un libro mucho más oscuro y arriesgado que su predecesor. Zafón no quiso repetir fórmula, y eso tiene mérito. Quiso escribir una novela gótica de verdad, con tintes sobrenaturales, con un protagonista al borde del abismo y un villano que parece salido del mismísimo infierno. La ambición está ahí, y en muchos pasajes la cumple.

No es un libro peor: es un libro distinto, más oscuro y más exigente. Mi decepción no dice tanto de su calidad como de lo alto que había puesto el listón la novela anterior.

La pluma de Zafón sigue intacta

Por mucho que el conjunto me dejara frío, hay algo que no falla nunca en este libro: la escritura frase a frase. Zafón pertenece a esa estirpe de autores que pueden contarte algo trivial y conseguir que suene a poesía. Sus descripciones de la ciudad, sus diálogos cargados de doble sentido, esa forma tan suya de envolver el misterio en una bruma melancólica… todo eso está aquí, y al máximo nivel.

De hecho, una de las cosas que me pasó leyéndolo es que muchas veces disfrutaba más del cómo que del qué. Había pasajes donde la trama no me enganchaba pero la prosa me sostenía. Eso, en sí mismo, dice mucho del talento de Zafón: incluso en su libro menos redondo de la saga, escribe mejor que la inmensa mayoría. Hay capítulos sueltos que son pequeñas joyas, aunque el edificio completo no termine de sostenerse con la misma solidez que el de La Sombra del Viento.

Y conviene recordar algo: Zafón venía del mundo del guion antes de dedicarse a la novela, y eso se nota en su manera tan visual de narrar. Lees sus libros y los ves, como si fueran una película en blanco y negro de los años 40. Esa cualidad cinematográfica es uno de los grandes placeres de leerlo, y en El Juego del Ángel está más presente que nunca, precisamente porque la atmósfera es lo que el libro hace mejor.

Su lugar en el Cementerio

Una cosa que aprendí con esta saga es que los cuatro libros se iluminan entre sí. El Juego del Ángel gana enteros cuando lo lees sabiendo que es una pieza de un puzzle mayor, no una novela autónoma. Personajes, lugares y misterios de este libro tienen ecos en La Sombra del Viento y se desarrollan en las entregas posteriores, El Prisionero del Cielo y El Laberinto de los Espíritus.

Visto en perspectiva, parte de mi frustración con el final se calma al entender que Zafón estaba sembrando, no resolviendo. Eso no borra del todo la sensación que me dejó leerlo en solitario, pero sí matiza el juicio. Si vas a leer la saga entera, este libro tiene mucho más sentido del que parece a primera vista.

¿Deberías leerlo?

Sí, pero con la cabeza en su sitio. Si te enamoraste de La Sombra del Viento y esperas exactamente lo mismo, baja un poco las expectativas: este es un libro más oscuro, más cerebral y menos cálido. Si lo aceptas en sus propios términos —como una novela gótica sobre el precio de la creación, con un villano memorable y una Barcelona de pesadilla— lo disfrutarás mucho más de lo que lo disfruté yo la primera vez.

Y si tienes pensado leer la saga completa, entonces es lectura obligada, porque sin él no se entienden del todo las piezas que vienen después.

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Veredicto personal

Un libro técnicamente más ambicioso que La Sombra del Viento y, a la vez, emocionalmente más distante. Andreas Corelli y la atmósfera de la Barcelona modernista son lo mejor; el protagonista difícil de querer y un final que no termina de cerrar son lo que me dejó esa sensación agridulce. No es decepción por mala calidad, sino por unas expectativas que rozaban lo imposible.

⭐⭐⭐½  (3,5 / 5)

La Sombra del Viento sigue siendo, para mí, inalcanzable. Pero El Juego del Ángel merece su sitio en el Cementerio.

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